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Conferencia de Pedro Azpiazu en el Fórum Europa. "Hacienda y Economía en Euskadi: camino recorrido y retos de futuro"

28 de octubre de 2019

Conferencia de Pedro Azpiazu en el Fórum Europa. "Hacienda y Economía en Euskadi: camino recorrido y retos de futuro"

FORUM EUROPA – Bilbao, 28 de octubre de 2019

Egunon denoi, alkate jauna, sailburuok, agintariok, adiskideok, lagunak.Un cordial saludo a todas y todos los presentes.

En primer lugar, quiero expresar un agradecimiento muy especial a Itxaso por sus palabras de presentación. Supongo que a la audiencia le dan interesantes claves sobre la persona que les habla y a mí, además, me hace ser muy consciente de que una amistad fraguada a fuego lento hace que me conozca muy bien. Benetan laguna, mila esker. Efectivamente, nos encontramos en tiempos de tender puentes, de acordar entre diferentes. La sociedad nos lo está pidiendo a gritos.

Agradecido también al Fórum Europa por el interés y la confianza que demuestran un año más. Es un honor y un desafío, así que espero no defraudarles y abonar el camino a un tercer desayuno con ustedes.

Las circunstancias de aquella primera intervención fueron muy especiales. 2017 fue un año extraordinario para la Hacienda Autónoma del País Vasco -para la General y para las de sus Territorios- debido a los acuerdos de la Comisión Mixta del Concierto Económico, que pusieron fin a un largo periodo de desencuentros y lograron la normalización de las relaciones financieras con el Estado.

Además, a finales de aquel mes de febrero, el día 28, íbamos a celebrar nada menos que el 140 aniversario del Concierto Económico, clave de bóveda del autogobierno vasco.

El Concierto Económico, con su significado histórico y político, es la muestra de nuestra soberanía fiscal, de la asunción de riesgos que conlleva, y de su eficiencia y equidad como mecanismo de contribución a las cargas del Estado a través de una metodología objetiva de determinación del Cupo.

Hoy voy a cambiar de registro.

Las circunstancias económicas y políticas han variado de forma considerable en poco más de año y medio. Sobre la economía tenemos hoy más dudas e incertidumbres, y su ralentización a nivel global es un hecho. En el ámbito estatal, en menos de dos semanas, se celebrará la repetición de unas elecciones generales.

Voy a trasladarles una serie de reflexiones y datos, en el ámbito de mis responsabilidades en el Gobierno Vasco.

Les hablaré del:

  1. Momento económico en Euskadi.
  2. Presupuestos 2020.
  3. Política financiera del Gobierno.
  4. Retos de futuro.

ECONOMÍA

Comenzamos la legislatura celebrando los vientos de cola que empujaban el crecimiento de la economía vasca desde que la recuperación se iniciase tímidamente en 2014.

Un favorable contexto exterior, la reducción de los precios del petróleo y una política monetaria acomodaticia nos ayudaban a conseguir altas tasas de crecimiento que se mantuvieron en el entorno del 3% durante todo el periodo 2015-2018.

Además, el éxito exterior de la economía vasca (como el de la española) se basaba en una ganancia de competitividad propiciada por una contención salarial muy superior a las de las economías europeas.

De hecho, la reducción de los costes laborales unitarios estaba ocasionando una pérdida de participación de los salarios en la renta que pasó del 63% al 60% entre 2009 y 2017.

Por cierto, les recuerdo que ese porcentaje de participación era del 70% allá por 1980, cuando comenzó esa etapa de la globalización que parece cerrarse ahora.

Y también que esa reducción implica que los salarios han venido creciendo por debajo de la tasa a la que lo hace la productividad.

Fue en esas condiciones, cuando insistimos en la necesidad de una recuperación salarial, tanto por razones de equidad como para sostener el crecimiento ante la eventualidad de un cese en los vientos de cola.

La recuperación salarial llegó finalmente: en 2018 los incrementos de salarios pactados en convenios alcanzaron el 1,9% y los costes laborales crecieron un 2,5% según la encuesta del INE, una tendencia que parece continúa este año 2019.

Y sería bueno que lo hiciera porque a pesar de ello, dado el crecimiento de la productividad, el pasado año los salarios siguieron todavía perdiendo algo de peso en la distribución de la renta.

El alto crecimiento ha tenido su efecto más beneficioso en el enorme progreso del empleo. En lo que va de legislatura el empleo medido en puestos de trabajo equivalentes ha crecido en 51.711 llegando a 978.023, una cifra que se acerca al récord histórico de algo más de un millón de principios de 2008.

Mientras que la tasa de paro ha pasado del 12,6% de finales de 2016 al 9,2% actual.

Además, lo bueno de este balance es que la productividad ha crecido también más que en el entorno: 1,5%, 1,1% y 0,8% en los tres últimos años cuando esas tasas en la UE 15 eran de 0,3, 0,9 y 0,2.

Tomados conjuntamente estos registros de empleo y productividad hacen posible que el PIB por habitante en Euskadi haya crecido entre el 2 y el 3%, mientras que el de la Europa avanzada lo hacía entre el 1 y el 2%.

¿Saben lo que supone ese diferencial de mantenerse a largo plazo? Pues que la economía vasca doblaría su PIB por habitante en 28 años mientras que el de Europa sólo crecería el 50%.

Naturalmente ese escenario no es realista a largo plazo, debido a que el efecto de la transformación de nuestro mercado de trabajo a través de más participación laboral irá menguando con el tiempo, y porque, aunque la productividad es una fuente inagotable de crecimiento, tampoco es fácil conservar esos diferenciales favorables.

Aun así, el mensaje que nos lanza es claro en relación al enorme poder de la magia del crecimiento para transformar la realidad.

Pero dicho eso tampoco podemos olvidar que hoy estamos volviendo a niveles de convergencia en renta con la UE 15, de los que ya disfrutamos hace mucho y que perdimos por la menor resiliencia de nuestra economía durante las crisis y en especial durante la reciente Gran Recesión.

Y en este punto debo reconocer que nos ha costado mucho comprender la naturaleza de la última crisis y extraer enseñanzas de futuro; pero que cada vez somos más conscientes de las enormes consecuencias del largo proceso de financiarización que desembocó en la burbuja financiera e inmobiliaria.

Por ello, en los mensajes de mi departamento en los foros financieros (como los de Elkargi o las Jornadas de la Universidad de Deusto), hemos insistido mucho en que estamos saliendo con dificultad de una gran crisis de deuda a escala global y en que debemos vigilar que nuestro desapalancamiento sea efectivo, pero también equilibrado para permitir el crecimiento.

Sobre esto pueden encontrar cifras y comentarios en esas intervenciones, por eso aquí solo recordaré que el crédito al sector privado ha pasado de un máximo del 125% al 80% actual; que las empresas han reducido diez puntos su ratio de endeudamiento sobre activo; y que esperamos que la deuda del Gobierno vasco que era del 14,6% a finales de 2016, vaya a cerrar este año más de dos puntos por debajo.

Está bien que estos datos financieros y los relativos a la economía real nos sirvan de estímulo, sin embargo, no hay siquiera un minuto para entretenerse en la complacencia porque las cosas se complican por momentos.

Sabíamos que los vientos de cola rolarían, de hecho, proyectábamos una desaceleración económica clara en nuestros escenarios, que afortunadamente tardaba en llegar.

Pero ya lo ha hecho, ya estamos navegando de ceñida, o de bolina, si lo prefieren, y bajo este modo de navegación ya sabemos que cuesta mucho más llegar al mismo destino.

Los 28 años pueden convertirse en 38 ó 47, pero… la nave va, aunque ya sabemos por la película de Fellini, y por lo que estamos viendo en el entorno, que ocurrirán hechos lógicos e ilógicos y que aparecerán personajes creíbles e increíbles.

Debemos empezar a acostumbrarnos a todo, menos al desaliento.

Lo que tenemos que hacer es consolidar un crecimiento potencial del 2% que se componga de al menos un punto de productividad y deje otro punto para el empleo.

Digo esto, porque dentro de muy poco la aceleración de la transición demográfica y la necesidad de relevo generacional harán que el paro se reduzca rápidamente, y muy posiblemente se reactive de nuevo la inmigración como ya está ocurriendo.

A lo largo de los últimos años hemos venido creciendo alrededor del 3%, una tasa elevada si la comparamos con la de los países de nuestro entorno y que nos ha permitido crear empleo y ganar productividad.

Este año 2019 esperamos que la economía crezca un 2,2% mientras que el empleo crezca un 1,6% y para el próximo año prevemos un avance del PIB del 2% y del empleo en un 1,2%.

Nuestro crecimiento sigue siendo aún considerable y sería importante consolidarlo en torno al 2%.

Respecto al empleo, el Gobierno prevé cerrar 2019 con una tasa del 9,9% y 2020 del 9,8%, cumpliendo así nuestro compromiso de legislatura de reducirla del 10%.

PRESUPUESTO 2020 Y POLÍTICAS PÚBLICAS

El alto crecimiento económico nos permitió recuperar el nivel de PIB previo a la crisis en 2016, pero en el caso del presupuesto esa recuperación se demoró dos años más.

Los efectos del crecimiento en la recaudación se hicieron esperar: en 2015 y 2016 la recaudación creció un 2,4% y un 2,7% cuando el crecimiento nominal de la economía fue del 3,2% y el 4%.

Pero por fin se hicieron notar en 2017, año en el que, por el efecto de la regularización financiera con el Estado, creció un 11,8%, que una vez ajustado por la parte de ejercicios anteriores determinó un pequeño superávit del 0,3% en la Administración General y sus organismos autónomos, cuando el déficit previsto era del 0,4%.

El buen cierre de 2017 influyó en la base del 2018, de manera que, aunque la recaudación creció un 3,5%, cuando la economía crecía normalmente el 4,2%, las aportaciones superaron las previsiones en casi 500 M€.

Así, el déficit previsto del 0,3% se transformó en un superávit del 0,5%, siempre hablando de la Administración General y sus organismos.

Estos resultados obtenidos en lo más alto del ciclo no son nada excepcional, sobre todo teniendo en cuenta las importantísimas mejoras introducidas para este ejercicio de 2019 gracias, básicamente, a las tres leyes presupuestarias complementarias aprobadas en febrero.

Así, el capítulo de personal ha crecido el 4,9%, porque al incremento normal se unían las mejoras del pacto alcanzado en la Educación; las prestaciones de la RGI han tenido aumentos del 3,5% y 4,5% para pensionistas; el gasto en I+D ha crecido el 6,5%, y la inversión un 7,4%, a lo que hay que sumar un crecimiento adicional de otro 7% gracias a un paquete de inversiones financieramente sostenibles.

Esperamos poder cerrar el año con un pequeño superávit del 0,2% del PIB, tras las cifras acordadas recientemente en el Consejo Vasco de Finanzas Públicas.

Hemos aprobado en el Gobierno el proyecto de presupuestos para 2020, que consolida esos avances, pero no puede ser tan expansivo (el gasto no financiero crece el 2,9% frente al 3,6% del anterior) porque debe cumplir la regla de gasto, no incurrir en déficit y porque la recaudación se espera que aumente un 2,5%.

No voy a inundarles de datos que ya han sido publicados, pero sí destacar el enfoque de género y el reto del Gobierno vasco asumido con más intensidad frente al cambio climático.

Hemos recibido en el Departamento de Hacienda y Economía cerca de 100 informes donde se detallan las actuaciones dirigidas a reducir la brecha salarial, a combatir la violencia contra las mujeres y a trabajar en pro de la igualdad. El 10,5% del presupuesto analizado incorpora en la planificación 2020 la perspectiva de género (1.236M/€).

Además, coherentes con la Declaración de Emergencia Climática aprobada el 30 de julio, hemos cuantificado el esfuerzo económico que se realiza entre los diferentes departamentos para avanzar en la acción contra el cambio climático, logrando una cifra global que ronda los 540M/€.

Por otro lado, el 77,5% del Presupuesto se destina a gasto social y la inversión pública aumenta en un 10,2%, superando los 1.000 millones de euros. Clara apuesta por la innovación, con casi 500 millones en el Plan de Ciencia y Tecnología.

La crisis económica reciente impactó sobremanera en la estructura del gasto público reconfigurándolo en una parte considerable del mismo.

El nivel del gasto del año pasado era igual al de antes de la crisis, pero su composición era muy diferente: el peso de la RGI se duplicó con la crisis desde el 0,3 al 0,6, la salud absorbió un 0,4 adicional y la educación un 0,1 y los intereses de la deuda un 0,2 en términos de PIB.

¿Cómo se hizo entonces el ajuste? Pues sobre todo a través de los gastos de personal, que suponen más del 40% del total del presupuesto, y también de la inversión.

Todos los ajustes son discutibles, pero las leyes que se aprobaron para regular una situación económica tan grave de las finanzas públicas lo hicieron, en mi opinión, de una manera equilibrada, priorizando la protección de las personas y los servicios públicos fundamentales, en especial la salud, que debido al progreso tecnológico y al envejecimiento de la población demanda crecientes recursos. El proyecto para 2020 estima un gasto en Osakidetza de 3.000 millones de euros, 124 más que este ejercicio, para que se hagan una idea.

Sí me gustaría aclarar que lo mismo que los ingresos que se perdieron con la crisis y, en gran parte, se sustituyeron por deuda no volverán, no es posible recuperar aquellos gastos en los que no se incurrió.

Quiero creer que vamos a ocuparnos en seguir construyendo el futuro, porque son muchas las tareas pendientes y grandes los esfuerzos que nos van a requerir los tiempos que se avecinan. Tenemos que mirar hacia adelante.

Por empezar por las que afectan más directamente a mi área de responsabilidad, he de decir que tenemos pendiente la implementación de un sistema de evaluación de políticas públicas ex post y ex ante.

Es verdad que tras la crisis, las prioridades de asignación presupuestaria son muy estrictas y también que se han realizado ejercicios singulares de evaluación y spending reviews de algunas áreas; pero ahora lo que procede es diseñar un sistema completo que regule la entrada y la salida de las consignaciones presupuestarias y las reformas en las políticas.

No podemos permitirnos la inercia presupuestaria, y en ello llevamos trabajando esta legislatura. Analizar, repensar, distribuir recursos.

De la misma manera, tenemos que avanzar en el análisis y la programación de inversiones, y todo esto tiene que ver con la mejora de la calidad de las finanzas públicas, una preocupación que ha sido postergada respecto a la estabilidad presupuestaria y la sostenibilidad financiera.

Pero ahora la calidad y, en especial, la preocupación por las inversiones, cobran más importancia ante la insoslayable revisión de todo el marco de estabilidad que emana de las autoridades europeas.

Así lo ha entendido el Consejo Fiscal Europeo en su informe de valoración de las reglas fiscales de la Unión Europea. En él se propone reforzar los incentivos a las inversiones con una nueva variante de la Regla de Oro que pueda estimular el crecimiento aprovechando además el escenario de bajos tipos de interés.

Desde el Gobierno Vasco nos sumamos a esa propuesta de flexibilizar el marco de estabilidad para favorecer las inversiones, yendo más allá del estrecho campo de las inversiones financieras sostenibles, que no obstante como saben hemos aprovechado a fondo estos dos últimos años con paquetes de 54M€ y de 98M€ en 2018 y 2019, respectivamente.

Coincidimos en que la arquitectura del Pacto de Estabilidad y Crecimiento ha resultado complicada por basarse en magnitudes no observables directamente, lo que propicia interminables discusiones, y lo que es peor, en que ha funcionado de manera procíclica, por lo que necesita una profunda revisión.

Con la legitimidad que asiste a quien ha cumplido siempre los acuerdos de estabilidad, abogamos por una simplificación y una flexibilización que facilite el papel estabilizador de las finanzas públicas.

Y, por supuesto, defendemos la necesidad de una importante capacidad fiscal central a nivel europeo, más ahora que la política monetaria se está volviendo ineficaz.

Ahora que estamos aún a tiempo de prepararnos para cuando llegue el cambio de ciclo, sería incomprensible que Europa volviera a fallar como lo hizo en la Gran Recesión.

POLÍTICA FINANCIERA

El reto de la Nueva Política Financiera es la reordenación de instrumentos y la creación de otros nuevos, en el ecosistema formado por el Instituto Vasco de Finanzas, la sociedad pública de Capital Riesgo, LUZARO, ELKARGI y la banca.

Hemos ganado en coordinación y eficacia con mayor especialización y profundización de los instrumentos, aunque queda camino por delante para consolidar un modelo integrado de gestión de todos los instrumentos públicos, orientado a las necesidades de la empresa.

Dentro de la brevedad de mi referencia, quiero dedicar unas palabras al nuevo instrumento de participación en empresas, el fondo FINKATUZ, gestionado por el IVF.

Saben por la reciente presentación del Proyecto de Presupuestos de 2020 que vamos a poder completar en ese año unas inversiones de 175 M€, que se plasmarán en participaciones financieras a largo plazo en grandes empresas vascas para garantizar que mantengan su arraigo en Euskadi y ejerzan un carácter tractor sobre el conjunto del tejido productivo vasco.

La buena posición de liquidez del Gobierno, que ha sido reconocida junto a la solvencia por la revisión al alza del rating a AA-, nos permite elevar substancialmente nuestro objetivo inicial.

No es solo una señal la que lanzamos, esa dotación junto con la disposición adicional del proyecto de ley de presupuestos que define el fondo, constituyen un mensaje firme de que FINKATUZ ha nacido para crecer y consolidarse, para convertirse a largo plazo en un instrumento público importante para favorecer el desarrollo empresarial de nuestro país. Finkatuz ha nacido para quedarse y para que nuestras empresas se queden en Euskadi, si me permiten la redundancia.

Para acabar con este apartado, una concisa referencia a las Entidades de Previsión Voluntaria. Toca pensar en el futuro.

El sistema público de pensiones está en una encrucijada ante la transición demográfica y el reto de su consolidación. Todos tenemos que arrimar el hombro, pero quienes tienen la obligación de liderarlo, debieran dejar de postergarlo y hacer su trabajo, porque el primer pilar es el fundamental.

Por eso mismo, debo afirmar con rotundidad que las EPSV no son importantes por la crisis de la Seguridad Social. Lo son hoy tanto como lo fueron hace 36 años cuando aprobamos la primera ley que las regulaba.

Ahora bien, también les digo que tras sus brillantes cifras económicas y su pujanza institucional, lo cierto es que nuestro sistema de previsión social complementaria precisa de un nuevo impulso porque no acaba de conseguir su objetivo fundamental: la generalización de una cobertura complementaria suficiente para las rentas medias y bajas a través de los sistemas de empleo preferentes.

Lo cual, añado, no significa que los sistemas individuales no tengan un papel que desempeñar en el modelo para hacerlo accesible a todo el mundo.

Las dificultades con las que tropezamos son muy grandes: como reguladores no podemos imponer el sistema, la previsión entraña un coste suplementario del factor trabajo y la calidad del empleo y la negociación colectiva tampoco ayudan en estos momentos.

¿Qué podemos hacer? Seguir promoviendo con persuasión un cambio cultural que lo ponga en valor y rediseñando los incentivos fiscales.

El Gobierno ha dialogado con todas las partes durante más de dos años y cuenta con una propuesta que entraña un cambio real en favor del cobro en forma de renta y del sistema de empleo, pero que es equilibrada para el conjunto de la previsión social complementaria.

Gobierno y Diputaciones Forales compartimos la responsabilidad de alinear las medidas fiscales con los objetivos de la política pública sectorial. No tengo ninguna duda de que vamos a conseguir el objetivo.

Estamos ante un gran proyecto de país y tenemos la obligación de acertar.

RETOS DE FUTURO

Para ir terminando, retomo la idea del crecimiento, de la productividad y de los retos de futuro. Soy un hombre del siglo XX y por ello no es extraño que de mis palabras anteriores se deduzca un elogio del crecimiento económico.

Es difícil que no sea así en quien ha vivido la gran transformación de Euskadi desde el Estatuto de Gernika y en quien incluso recuerda cómo era nuestro país antes de la Edad de Oro, allá por los años sesenta del pasado siglo.

Pero también soy una persona del siglo XXI, consciente de que esas etapas previas de crecimiento, con el remate de la reciente Gran Recesión, nos han dejado un legado de desequilibrios demográficos y ambientales y de problemas de desigualdad.

La crisis del modelo familiar nos ha conducido desde tasas de fecundidad del 2,8 en 1975 a un mínimo de 0,9 en 1995, que se ha recuperado algo hasta el 1,34; pero que está muy lejos del 2% requerido para la reproducción de la población.

La transición demográfica ya en marcha supone que entre 2015 y 2030 se precise el relevo de 370.000 personas ocupadas, lo que unido a cualquier hipótesis modesta de crecimiento arroja una cifra de oportunidades de empleo de más de 500.000, cuando la población activa tiende de forma natural al estancamiento.

Sabemos que la respuesta endógena de la economía atraerá inmigración neta como lo ha vuelto a hacer en los últimos años (14.700 personas en 2018) y que la población activa crecerá; pero aun así, el desafío de semejante renovación del capital humano es colosal.

Además de ello, habrá que hacer frente a las necesidades que se derivan del envejecimiento de la población para los servicios sociales y para el sistema de salud.

Por su parte, el cambio climático constituye desde hace tiempo una amenaza cierta, aunque de diferente naturaleza por constituir un riesgo colectivo a escala global.

El que seamos alumnos aventajados en la reducción de emisiones o que por el contrario actuemos como free riders, no nos garantiza un resultado de ningún tipo.

Pues bien, si atendemos a los hechos, la triste realidad es que casi la mitad de las emisiones de CO2 se han puesto en la atmosfera después de 1990; lo que da idea de la dificultad que entraña enfrentar este problema de acción colectiva y conseguir la cooperación efectiva, aunque sólo sea de las 12 economías que son responsables de tres cuartas partes de las emisiones.

Como se pueden imaginar, no sólo se trata de la dificultad de la cooperación, sino del coste de las acciones para detener el calentamiento; ya que suponen una transformación profunda del actual sistema económico, por no hablar de las dirigidas a la adaptación a sus consecuencias una vez que estas empiezan a ser visibles.

En cuanto a la desigualdad, el economista francés Thomas Piketty ha realizado la enorme aportación de poner en perspectiva histórica y documentar la escalada de la misma que se observa en el mundo desde la globalización. Dejando de lado sus méritos teóricos y aun la tesis de que la Edad de Oro es un episodio especial en la historia, la evidencia que aporta es demoledora.

En Euskadi contamos con índices comparados de desigualdad favorables, como lo muestran los valores del índice Gini (26,7) en torno a cuatro puntos menores que los de la UE 28 o la zona euro, y también los índices de pobreza grave o de ausencia de bienestar.

Pero como hemos puesto de manifiesto en el Informe Anual de 2018, en base a estadísticas laborales y a la última Encuesta de Pobreza y Desigualdades Sociales, la distribución ha empeorado por el comportamiento opuesto de los dos extremos de la distribución salarial (se estancan los salarios de abajo y crecen los de arriba), y también ha aumentado el índice de pobreza relativa por las familias monoparentales, las personas solas y los hogares con inmigrantes.

Bien, creo que habrán adivinado que con estas pinceladas sobre los retos de futuro no pretendo ni tratar todos los problemas ni aportar diagnósticos profundos o abanicos de medidas.

Lo que quiero, simplemente, es ilustrar cuáles son las posibles implicaciones presupuestarias de los retos de país en este siglo XXI.

O sea, reflexionar sobre los medios de nuestras ambiciones de conseguir un futuro próspero, sostenible y cohesionado.

Piensen en el gasto en política de familia e infancia de los países más avanzados, que dicho sea de paso, tampoco garantizan de por sí el éxito en materia de natalidad.

Piensen en las políticas de empleo y capital humano, en la activación y cualificación de esos contingentes que van a protagonizar ese enorme relevo ocupacional.

Piensen en la transformación energética-ecológica y la lucha contra el cambio climático. Y no se olviden de que hay que continuar con el esfuerzo de innovación y con la transformación digital para sostener el avance de la productividad. Y tampoco de la conexión directa entre fiscalidad y desigualdad.

Y una vez hayan pensado fugazmente en todo ello y hayan hecho su cuenta, al menos mentalmente, vuelvan conmigo a analizar las fuentes de financiación.

Es casi seguro que se den pasos en materia de imposición indirecta por parte del Estado, pero habrá que ver qué enjundia tienen los cambios y sobre todo cómo se relacionan con el cierre del enorme déficit de la Seguridad Social, que es hoy el principal reto del Estado.

Por nuestra parte, en Euskadi tenemos capacidad de regulación de la imposición directa. Acabamos de dar pasos para contar con un Impuesto de Sociedades que hace a nuestras empresas altamente competitivas, como lo muestra el que nuestra presión fiscal está en el rango más bajo de Europa (1,4% del PIB en 2017).

No voy a cuestionar ni a prejuzgar lo que vaya a suceder en la fiscalidad en el futuro. En 2020 nos corresponde realizar una revisión de los resultados de la reforma que entró en vigor en 2018. Veremos entonces las decisiones a tomar.

Como les decía, por nuestra parte, por parte de las Instituciones debemos realizar todos los esfuerzos para prestar los servicios públicos con la mayor eficiencia y eficacia.

La evaluación de políticas y la reasignación de los recursos, así como la colaboración entre instituciones (Gobierno Vasco, Diputaciones Forales y Ayuntamientos) y con los agentes económicos y sociales, será imprescindible para hacer mejor las cosas. No podemos demorarnos más. Tenemos que ponernos manos a la obra ya.

Ahora bien, si queremos pasar de las musas al teatro, si queremos ponerle letra a la música que les he comentado, si decidimos abordar los retos de futuro a los que me he referido, habrá que diagnosticarlos, buscar los consensos necesarios y cuantificarlos para determinar, a su vez, las necesidades de financiación. Subir o bajar impuestos no puede realizarse al margen de estas decisiones estratégicas de país.

Para entender por qué digo esto quiero ceder la palabra al sociólogo Zygmunt Bauman, quien en su libro Retrotopía dice lo siguiente:

"Hay una creciente brecha abierta entre lo que hay que hacer y lo que puede hacerse; entre lo que importa de verdad y lo que cuenta para quienes hacen y deshacen; entre lo que ocurre y lo deseable; entre la magnitud de los problemas a los que se enfrenta la humanidad, y el alcance y la capacidad de las herramientas disponibles para gestionarlos"

Para mí todo esto lo que sugiere es una llamada a la humildad, a la honestidad y a la responsabilidad. También al diálogo, porque solo con el diálogo y la cooperación podremos garantizar que, como dice el filósofo Innerarity, el futuro no se convierta en un basurero del presente.

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