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Intervención de la consejera de Cultura, Blanca Urgell

29 de junio de 2012

Forum Tribuna Euskadi, Bilbao, 29 junio 2012

Intervención de la consejera de Cultura, Blanca Urgell

 

En un apresurado balance de situación, hace solo un mes, el profesor y analista Antonio Elorza señalaba entre los logros principales del gobierno del que formo parte tanto la búsqueda de un consenso amplio sobre políticas de memoria como el desarrollo de una política lingüística y cultural soportada sobre la racionalidad.

 

Es posible que desde fuera de Euskadi estas cosas se perciban mejor que desde dentro: nuestro gobierno es analizado internamente con nuestras estrechas claves vascas y ello limita las posibilidades de una valoración histórica de nuestra gestión, para remitirla sin remedio a las de la parva y coyunturalista política vasca.

 

No tengo ninguna duda de que, además de haber hecho una gestión realmente buena en tiempos de penuria económica de las cuestiones materiales (sanidad, educación, asuntos sociales, industria, economía, etcétera), el Gobierno que preside el Lehendakari Patxi López deberá ser valorado en lo que ha aportado a intangibles no menos importantes, como son la normalización de la vida ciudadana en Euskadi y el fin del terrorismo de ETA (y de todo lo que socialmente conllevaba su sostenimiento).

 

En ese apartado de los intangibles importantes es donde se integra la acción, la lógica y la coherencia de la gestión de mi Departamento, contribuyendo a sostener los tres criterios principales que dan valor a lo que ha hecho este gobierno.

 

Esos tres criterios podría resumirlos algún ocurrente en "la respuesta del grillo", al remitir a un curioso acrónimo "cri-cri-cri": crisis, crimen y crispación. En serio, en primer lugar, hemos respondido adecuadamente a la crisis económica y social desatada desde 2008; en segundo, hemos respondido con decisión al crimen terrorista, contribuyendo a ponerle fin; y por último y en tercer lugar, hemos respondido a la crispación social y política del gobierno anterior, el de Ibarretxe, devolviendo la normalidad a las actuaciones que procedían del gobierno. Esa es la tripleta básica de la acción del gobierno de Patxi López y a la que creo haber ayudado modestamente en lo que toca a nuestro Departamento.

 

Porque, y termino con este preámbulo, muchos independientes en política como yo y como buena parte de mi equipo llegamos a este gobierno convencidos de que no veníamos a ocupar el turno de gobierno de un partido -el socialista en este caso- al que le sucedería otro de ese mismo o diferente color. Pensábamos que veníamos a desarrollar otra manera de entender y hacer política, y creo que ésa ha sido nuestra línea de actuación.

 

La política cultural es de por sí un asunto mucho más importante de lo que se cree. Además, en Euskadi constituye una herramienta de importancia capital. No es nada casual que sea éste uno de los Departamentos que en treinta años nunca dejó el PNV para su gestión a cargo de otro partido. El nacionalismo vasco ha conferido a la cultura una importancia extrema, al dirigir la labor de nuestro Departamento hacia la idea de construcción identitaria que acompaña a su modelo de construcción nacional. Pero quienes no tenemos esas ataduras ideológicas tampoco podemos considerarla de menor importancia.

 

Un país como el nuestro, que vive desde hace muchas décadas con tensiones derivadas de problemas identitarios, puede encontrar en la cultura la clave que permita a sus ciudadanos ser como quieran ser, siendo todos iguales como vascos. Dependiendo de qué política cultural se haga, se puede forzar una identidad exclusivista y única, como han pretendido tradicionalmente los nacionalistas, o se puede propiciar un espacio de coincidencia y convivencia en valores, símbolos y prácticas que refuercen desde la diversidad lo que llamamos cultura vasca. Es, en definitiva, una elección sencilla: o políticas culturales de exclusión, donde lo que establecen los nacionalistas como "lo vasco" es lo único que nos puede definir como ciudadanos de nuestro país, o políticas de inclusión desde la diversidad, donde reforzando cada día los espacios comunes, lo que constituye la cultura vasca, se posibilite que cada cual desarrolle las prácticas creativas que considere más interesantes, necesarias o placenteras.

 

Nuestra concepción de lo vasco como abierto y plural se plasma muy especialmente en torno al euskera. Desde nuestro Gobierno hemos fomentado la idea de que el euskera es algo que nos pertenece a todos, algo que está muy por encima de sensibilidades e ideologías. Si por algo se ha caracterizado nuestro Gobierno en materia de Política Lingüística ha sido por insistir en la idea de consenso, tanto entre las fuerzas políticas como entre los agentes sociales. Tal como lo entendemos, el concepto de consenso se opone al de monopolio, defendido por aquellos que creen que el euskera solo les pertenece a ellos, que hay que tener un determinado carné para poder sentirse vasco al cien por cien.

 

La cultura y la lengua, pues, pueden contribuir de primera mano a hacer un país más habitable, más cómodo, más de todos, o a hacer un país más fracturado, dividido y crispado. Desde el gobierno socialista del Lehendakari Patxi López se ha pretendido lo primero. Y la cultura y la lengua han sido en ese sentido una herramienta para hacer país, para hacer una Euskadi realmente de todos y todas. Porque el sentido ciudadano que hemos pretendido dar a nuestras acciones -el ciudadano en el centro y como objetivo de nuestra política- no es otra cosa que eso. No una confrontación absurda y simple entre ciudadanía y comunidad. Nada de eso. Se ha tratado y trata de algo bien distinto: generar desde las instituciones un espacio para que la ciudadanía se desarrolle en términos de equidad, de igualdad de derechos, de comunidad de intereses, de identidad de país, para desde ahí propiciar que cada cual se manifieste, exprese y viva, con las señas de identidad territorial que desee, en libertad.

 

¿Cómo se ha traducido esto en un Departamento como el de Cultura? Pues básicamente sobre el criterio de otorgar normalidad a lo que se hacía desde la Administración, a que el gobierno no diseñara e inventara un país y una ciudadanía inexistente, futura, fabricada a la fuerza. Otorgar normalidad haciendo una cultura vasca inclusiva, apoyada en la diversidad y pluralidad interna más que en la diferencia con respecto a lo de fuera.

 

Entonces, normalidad, acabar por completo con tentaciones sectarias, incorporar a todos los agentes culturales al presupuesto y prestarles a todos atención desde el Departamento de Cultura, reconocer y fortalecer nuestra diversidad cultural y lingüística propiciando un espacio de igualdad de condiciones para su libre expresión, y colocar al ciudadano en el centro y destino único de nuestra política y de nuestra gestión cotidiana. Todo eso y la necesidad, antes incluso de que se desatase la crisis económica, de fortalecer el tejido de nuestra cultura vasca, sus sectores, sus precarias industrias, sus agentes, su presencia en el mundo, su internacionalización o la densidad de sus creadores.

 

Ahí se resumen los objetivos que nos han guiado en este tiempo y que nos guían en el tiempo que nos resta: normalización desde el gobierno; trabajar sobre la realidad y no sobre la ficción de una sociedad o de una cultura que se busca y quiere, pero que no existe; apoyar la pluralidad de manifestaciones e identidades culturales dentro de una común cultura vasca; acabar con sectarismos y exclusiones; políticas proactivas con la lengua vasca y con la cultura soportada en esa lengua; el ciudadano como único objetivo; y el fortalecimiento interno y externo del siempre débil tejido cultural.

 

Estas intenciones de legislatura que les señalo trufan el día a día de nuestra actuación. Son nuestras preocupaciones reales, aunque los titulares mediáticos y, consiguientemente, la percepción ciudadana se los lleven temas como el cierre de Chillida Leku por parte de sus propietarios, el inacabable asunto de Tabakalera, las propuestas extravagantes de otro Guggenheim a pocos kilómetros del que ya disfrutamos o las disputas por la imposible colaboración institucional con la Diputación Foral de Bizkaia, por poner solo unos ejemplos recurrentes.

 

Con todo, ustedes necesitarán hitos, referencias y proyectos que identifiquen con claridad esos objetivos marcados. Apuntaré solamente unos cuantos para ilustrarlos. Veamos.

 

Normalizar es considerar lo que hay y lo que prudentemente debe haber, sin pretender desde el gobierno perfilar con la fuerza del presupuesto y del boletín oficial cada uno de los diferentes sectores culturales de la Comunidad, favoreciendo a unos y excluyendo a otros. Por ejemplo, el apoyo a la producción editorial en castellano, hasta nuestra llegada incomprensiblemente apartada de las ayudas a este sector. También nuestra negativa a la pretensión de algunos de que el 'BonoCultura' sirviera solo para determinado tipo de producto cultural, solo en una de las dos lenguas o solo en beneficio de un tipo de creadores y de cadena de valor.

 

En el ámbito del euskera hemos hablado y seguimos hablando con todos los agentes, sin exclusión. Desde el primer momento, nuestras puertas han estado abiertas a todas las asociaciones y a todos, absolutamente todos, los que tienen algo que aportar a la mejora del estatus de la lengua vasca. El Departamento de Cultura y su Viceconsejería de Política Lingüística colaboran con toda naturalidad con el Consejo Asesor del Euskera, en el que, como es sabido, participan personas con perfiles muy diferentes. Creo sinceramente que el mundo del euskera agradece la frescura y la apertura de mente que hemos llevado a Lakua.

 

La administración -otro criterio que hemos mantenido firme- debe partir de que el ciudadano es adulto, y de que no tiene derecho a marcarle intenciones y gustos; solo está obligada a proporcionar igualdad de partida para que desde ahí cada cual construya su trozo de felicidad y desarrolle sus capacidades.

 

Como esto que les digo habría otras muchos ejemplos, incluyendo las que tienen que ver con respaldar la decisión legal de un jurado independiente que da un premio... cuando creemos en que la categoría de ese premio se apoya, precisamente, en la independencia de ese jurado. Eso es normalizar o contribuir a normalizar un país.

 

Normalizar es propiciar que la Vuelta a España vuelva a pasar por Euskadi, y que no pase nada, y que la normalidad se imponga frente a quienes impusieron con bombas y amenazas lo anormal. Normalizar es que arranque la Korrika del pasado año desde un municipio de Treviño gobernado por la derecha españolista, y que no pase nada, y que todo sea normal porque se distinguen las provisionales fronteras administrativas de los territorios del euskera, que son menos aprensibles a todos los niveles.

 

Y normalizar es también invitar a los agentes culturales vascos a colaborar en ese proceso de normalización y pacificación de la sociedad vasca y a preguntarse de manera activa por lo que ha pasado, por sus consecuencias en el presente y por la manera de que nunca más la violencia y el terrorismo vuelvan a ser la respuesta a las cosas, de que nunca más las formulaciones totalitarias que lo han amparado campen por sus respetos en la sociedad vasca. A ese empeño hemos dispuesto en nombre de todo el Gobierno el año '2012 Euskadi' como 'Año de las culturas por la Paz y la Libertad', y con ese objeto libertario se han organizado docenas de acciones y convocatorias.

 

Apoyar la pluralidad de manifestaciones e identidades culturales dentro de la común cultura vasca es concebir la planificación estratégica del Contrato Ciudadano por las Culturas como una ancha autopista y no como un camino para una sola carreta. Una ancha autopista por la que queríamos que transitaran todos los que tenemos muy diversas maneras de ver Euskadi, de sentirnos vascos. Una ancha autopista para asentar un país habitable por los diferentes y no una patria de uso particular de los patriotas, donde los que no se sienten así sean en la práctica ciudadanos de segunda, visitantes o vecinos incómodos.

 

Adoptar una posición proactiva en relación al euskera y a la cultura que se desarrolla en esa lengua es mantener políticas de discriminación positiva en todos y cada uno de los sectores de la creación cultural en Euskadi, como puede verse en todos y cada uno de nuestros presupuestos.

 

Con la misma contundencia que defendemos los derechos de quienes desean expresarse en euskera nos hemos opuesto a las multas lingüísticas que pretendía imponer el Decreto de Consumidores a los establecimientos que no utilizaran la lengua vasca. En Euskadi, felizmente, no hay conflicto lingüístico, pero el camino de las sanciones abría un peligroso precedente que había que atajar. El euskera precisa de medidas de fomento positivas y por eso nos parecía un grave error recurrir a las multas o cualquier otra medida que pudiera ser interpretada como una imposición. No en vano, nuestro lema en política lingüística es 'no imponer, no impedir'.

 

Fortalecer hacia fuera es dotar a la cultura vasca y al euskera de un instrumento como el Instituto Etxepare, hecho realidad durante mi mandato y capaz, bajo la batuta de Aizpea Goenaga, de desarrollar un proyecto extraordinariamente ambicioso que ha colocado nuestra lengua y nuestra cultura en el exterior, y que lo ha hecho insuflando modernidad a nuestras señas de identidad más tradicionales.

 

Fortalecer hacia fuera es también adoptar la posición tractora y protagonista que hemos tomado en el ambicioso reto que tenemos por delante con la Capitalidad de la Cultura para 2016 en Donostia-San Sebastián.

 

Fortalecer la siempre débil estructura y red de la cultura vasca y el euskera es contribuir entre todos a generar espacios permanentes que le den soporte. Se ha hecho desde el bono cultura como medida innovadora, pero sin duda parcial y provisional, empujada por la crisis; lo mismo fue el programa Kultura Bultzatuz, creado especialmente para sostener teatro, danza y música en vivo cuando comenzaron a caer las contrataciones. El 'BonoKultura' surgió con la idea de apoyar en momentos difíciles no tanto la capacidad de consumo cultural del ciudadano, que también, sino, sobre todo, la trama de distribución comercial que necesita la cultura. Esto es, sin librerías de barrio, sin tiendas de disco especializadas, sin salas de música en vivo, sin teatros de pueblo, la cultura se uniformiza y se reduce a la nada, al "best seller" literario, a la producción cinematográfica de las "majors", al teatro comercial o a la exposición museística populista y de masas.

 

Pero, en esa intención de fortalecer la trama de distribución, comercio y venta, el mercado cultural en definitiva, se ha puesto en marcha como fase superior del bono el club de consumo cultural, siguiendo una experiencia catalana, que busca generar un volumen constante de ciudadanos interesados en la compra de productos culturales y en sostener la cultura vasca.

 

El tejido cultural vasco se fortalece hacia dentro con iniciativas que incrementen la densidad de creadores en nuestro país, que relacionen su actividad, su conocimiento y sus experiencias, que proporcionen recursos para la producción, ensayo y exhibición de sus creaciones, y que lo hagan invirtiendo más en instalaciones, espacios, recursos y medios que en ladrillo y en edificaciones imposibles de mantener en el futuro.

 

En esa línea, contraviniendo una tradición anterior de "cultura inmobiliaria", las fábricas de creación que estamos desarrollando y que son ya una realidad en Zorrozaurre y Otxarkoaga en Bilbao; en AlfaArte en Eibar; en la residencia de Espejo en Álava; o en la futura Papelera bilbaína y en la fábrica de armas Astra en Gernika, repiten modelos que han tenido éxito en lugares como Francia, Alemania o, más cerca, en Cataluña.

De ahí esperamos obtener a corto y medio plazo un buen número de jovenes creadores, de manera que, incrementando la densidad de autores, éstos sean más fuertes y más maduros para relacionarse con las administraciones, y más capaces de colocar sus trabajos en una competitiva dimensión internacional. 

 

El tejido cultural vasco, finalmente, se fortalece apoyando desde la Administración, como hemos hecho, el asociacionismo de sectores o la articulación de intereses sectoriales en beneficio de la colectividad, objetivo que pretende la entidad ZinEuskadi, junto con el de difundir la producción cinematográfica europea, empezando por la vasca y la que se hace en euskera.

 

Tener a la ciudadanía como objetivo principal se traduce en una política de gestión del patrimonio que, aprovechando las nuevas tecnologías, coloque en lo posible en casa del ciudadano uno de nuestros valores patrimoniales. Los proyectos Liburuklik y Dokuklik (y enseguida EMSIME para los museos) han permitido desarrollar sendas plataformas sobre las que cabalga la digitalización de nuestro patrimonio bibliográfico histórico y archivístico, de manera que libros clásicos vascos y documentos de nuestros archivos puedan ser vistos en la pantalla del ordenador de la casa de un ciudadano, solo a golpe de un clic. Esto es poner la administración al servicio del ciudadano, considerar que no vale con digitalizar para preservar el patrimonio desde la administración.

También entendemos la política lingüística como un servicio a la ciudadanía. Muchas medidas que hemos adoptado en este ámbito tienen como objetivo precisamente hacer más fácil la vida a todos los vascos. Sin intención de ser exhaustiva, puedo recordar la homologación de títulos, la exención de examen a los jóvenes que hayan estudiado en euskera, el traductor automático, la creación de 12.000 nuevas entradas en wikipedia, la traducción de software, etcétera.

 

Otro tanto se puede decir de la puesta en marcha después de treinta años del primer plan vasco de fomento de la lectura, una propuesta que desarrollamos de la mano de la prestigiosa Fundación Germán Sánchez Ruipérez, que debe prolongarse más allá de una legislatura y que, sobre todo, debe implicar a muchos agentes y a muchas más instituciones que la nuestra y que parte de la consideración de la lectura comprensiva y crítica como la gran herramienta de desarrollo de la inteligencia.

 

O nuestro Observatorio de la Cultura, casi el único vivo ya en España después de que la crisis se lo esté llevando todo por delante, actualizado en los últimos años en la línea de proporcionar trabajos cualitativos para acompañar la gestión política y pública.

 

En la misma línea, la plataforma Kulturklik, que informa cada día de toda la producción cultural de Euskadi, en unos términos de calidad y exhaustividad que no tienen parangón en el escenario hispano. Les invito a entrar en la red y dirigirse a cualquiera de esas direcciones para confirmar lo que estoy diciendo. Kulturklik es la administración abierta para el ciudadano; es una plataforma de información organizada desde la sindicación de contenidos, donde todo tipo de agente informa y es informado.

 

En definitiva, nuestro criterio es que la Administración debe proporcionar el soporte técnico, tecnológico y también político -de vocación y voluntad igualitarista, horizontal-, para que todos los que operan en la cultura vasca puedan aparecer en el escenario, aportar lo que producen y recibir lo que hacen los demás. Y todo ello, con el destinatario final del ciudadano y la ciudadana vistos como agentes en alguna medida activos en el proceso cultural.

 

Creo que hemos hecho en estos años muchas y buenas cosas. Creo, también, que los árboles de los conflictos en relación a temas concretos no han dejado ver adecuadamente el bosque de los determinantes avances producidos en la manera de entender la cultura vasca y sus retos. Como nos decía una periodista en la presentación de Dokuklik, lo que le interesa a sus jefes no es lo que pase con los archivos digitales y su facilidad de acceso sino la última trifulca que tengamos con tal o cual entidad competidora. Algo mal habremos hecho, sin duda, si no hemos sido más capaces de burlar el cerco competitivo en que se produce y reproduce la realidad mediática de nuestro tiempo.

 

Pero no quería acabar sin señalar algunos problemas que no podrán ser no ya arreglados, sino ni siquiera embridados en esta legislatura.

 

La cultura se ve amenazada por dos monstruos amables: la pesadilla del economicismo y la pesadilla de la identidad. Para unos extremistas, la cultura se percibe definitivamente como un bien suntuario, como un gasto inútil cuando no es capaz de reproducir por lo menos los recursos que consume. Así, las nuevas iniciativas presuntamente culturales se miden en números económicos, en supuestos puestos de trabajo, en visitantes y turistas o en intangibles de reconocimiento internacional.

 

Frente a ese economicismo de la cultura solo cabe gritar bien alto que la cultura es un derecho y que los ciudadanos tienen derecho a su acceso. Quizás lleguemos tarde a este empeño, porque igual que entendíamos hasta ayer mismo el derecho a una sanidad pública o a una educación que contemple determinadas atenciones, que disponga de determinados servicios y que se preste en determinadas instalaciones, el derecho a la cultura creemos que debe precisarse y que debe implicar una responsabilidad concreta de las instituciones con los ciudadanos. Ése es el objetivo del proyecto de Ley Vasca de Acceso a la Cultura en que hemos venido trabajando y que debiera generar un debate social serio y servir como propuesta para su tramitación parlamentaria.

 

La otra pesadilla es la de la identidad agónica, apocalíptica, enferma; la de los que solo ven en la cultura una constructora de identidades, que solo perciben su utilidad si hace más vascos, más españoles o más lituanos. Frente a este otro utilitarismo, que igual que el anterior no se pregunta ni se preocupa por la cultura en sí misma, sino por sus efectos a otro nivel, solo cabe responder con el mismo grito: defender la cultura como valor y como derecho, capaz de generar en su desarrollo, aunque no lo busque, tanto repercusiones económicas como, en este caso, expresiones identitarias (las que sean). En ese sentido, hemos defendido desde el primer día la cultura como valor en sí mismo, y hemos combatido cualquier forma de utilitarismo extremo procedente tanto desde la economía como desde la identidad.

 

Porque más cultura es más ciudadanía. Ése ha sido nuestro lema: la cultura nos educa, nos hace más libres, nos permite albergar posibilidades distintas a lo que tenemos y nos hace participar de lo que nos es común a los demás. Por eso la cultura no es algo superfluo, algo que queda para cuando tenemos cubiertas las necesidades que consideramos imprescindibles. Sin cultura no somos nada, ni individualmente ni como colectivo social, ni como personas ni como país.

 

En segundo lugar me gustaría apostar por otro tipo de inversión cultural. La crisis de la sociedad expansiva nos fuerza a elegir políticas. Ahora no se puede hacer todo a un tiempo: o una cosa o la otra. En esa línea, las políticas culturales en Euskadi pasan más por una apuesta por los contenidos que por las infraestructuras. Con algunas pocas excepciones, Euskadi tiene ya su trama de infraestructuras culturales suficientemente construida y desarrollada, tanto a nivel de país como de la mayoría de municipios. Se trata, por tanto, no de hacer más edificios que luego no son soportables en su consumo cotidiano, sino de derivar esos recursos a la propia acción de los creadores y a incrementar las oportunidades culturales de los ciudadanos. Basta ya de "política cultura inmobiliaria", de "cultura del ladrillo", de proyectos faraónicos propios de tiempos pretéritos que no volverán.

 

Por último, estoy convencida de que tenemos un problema con el entramado institucional vasco, que es causa en el terreno de la cultura de la tremenda dificultad de la colaboración estratégica. Es cierto que existen tanto planes o contratos estratégicos interinstitucionales y organismos como el Consejo Vasco de la Cultura que integran a las administraciones y a los agentes culturales. Pero la pregunta es si esas realidades sirven para trabajar entre todos en la planificación conjunta, en el empeño eficiente, en la reducción de gastos y duplicidades, o si no constituyen en la práctica sino otro escenario para el combate político superfluo e ineficaz. ¿Cuántos proyectos estratégicos culturales del país se han ideado y desarrollado en el marco de esos planes estratégicos? Desde luego que la experiencia en estos más de tres años ha sido poco edificante y que los casos de auténtica colaboración interinstitucional o con los sectores, que los ha habido, se han llevado a cabo por otros caminos y en otros marcos.

 

La concurrencia competencial en cultura entre diferentes instituciones se ha mantenido durante años, cuando había recursos. Ahora llega el tiempo -o el tiempo impondrá su lógica- de repartir competencias y responsabilidades, y de propiciar mecanismos, plataformas y fórmulas que posibiliten realmente el trabajo en común y no la competencia inútil. Creo que modelos como los citados antes de Liburuklik nos pueden servir en esa dirección.

 

Por otro lado, y en relación a esta misma cuestión, creo que padecemos un exceso de localismo y provincialismo, bien pertrechado en otras tantas instituciones, que nos limita en nuestras posibilidades de llevar a cabo una política cultural vasca y de desarrollar auténticamente una red general de infraestructuras y de presencias culturales que ataría a todo el País Vasco. Una red nacional, si ustedes prefieren llamarla así. A cada paso nos encontramos en el terreno de la cultura con iniciativas de parte o con proyectos de conjunto que se ven sesgados por los intereses de un territorio, en una extraña competencia que opera en perjuicio de todos. No pocos "proyectos país" en el terreno de la cultura no dejan de ser sino proyectos de desarrollo local, donde la cultura no es sino excusa para otros objetos. A cambio, las posibilidades de proyectar como nacionales, como vascas, instituciones como, pongo por caso, la Filmoteca Vasca o la Red de Bibliotecas, tropiezan a cada paso con intereses locales y con mundos cerrados que empiezan y terminan en sí mismos. Soy consciente de que en términos institucionales el Gobierno Vasco surgido en 1980 llega con varios siglos de retraso respecto de otras instituciones señeras vascas, como sus ayuntamientos o sus diputaciones. Pero con LTH o sin ella es preciso que de una vez, sin duda en la legislatura próxima, se aborde en el terreno de la cultura este debate que no causa sino sinsabores, retrasos, tiempo perdido e incapacidad para desarrollar eso, una política cultural vasca, nacional, si se quiere, condenándonos a cambio a una política de sumatorios territoriales donde el Gobierno Vasco se acaba encargando básicamente de lo que queda libre. Y no es eso, no eso.

 

Termino. Una legislatura es un tiempo muy corto para cambiarlo todo. Enseguida reparamos en ello. Hemos hecho muchas cosas y creo que algunas de ellas han marcado caminos que no podrán desandarse ya. No concibo el futuro sin intensificar la apuesta, gobierne quien gobierne, por las fábricas de creación, por las plataformas digitales comunes, por el Etxepare o por el bono cultura o el club de consumo cultural.

 

Eso, al final, será lo que marque mi gestión y la de mi equipo; eso y otra manera de contemplar la cultura en Euskadi y la propia cultura vasca, sin complejos ni ideologismos, sin exclusiones ni sectarismos, pero con decisión y empeño por reclamar lo nuestro, nuestra manera de ser y de representarnos. Lo otro, los ruidos, las disputas que empezaron en la nada para terminar en la nada, serán eso, ruido; el ruido que necesita la política para justificarse cada mañana. Yo, por el contrario, estaré orgullosa de haber colaborado a hacer posible todo lo que les he dicho. Y también de a haber sido el primer y único gobierno capaz de convocar un encuentro internacional de poesía y poetas. Al fin y al cabo, en un mundo tan obscenamente materialista, la cultura es el sitio desde donde cada vez más tenemos que reivindicar la metafísica y a los metafísicos.

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